habla en su lengua

Dentro de la prisión de Ancón II (Lima)

"Aquí hay presos que cambian su ración de comida por más droga"

Publicado: 2016-09-01

http://www.elmundo.es/espana/2015/03/03/54f4bb1c268e3e8d4f8b4572.html

Viaje a la cárcel del infierno

EL MUNDO entra, de incógnito, en el penal con más presos españoles

"Aquí hay presos que cambian su ración de comida por más droga"

No hay luz ni agua caliente. En la celda de aislamiento, asoman las ratas

El último muerto fue Jonathan Pérez. Falleció de un impacto en la cabeza

Como el Billy Hayes de El Expreso de medianoche, un día el canario Clemente estalló, se puso a arrancar furiosamente una tubería, terminó en la celda de castigo y allí se prendió fuego vivo.

Debido a su enfermedad, el andaluz Borja necesitaba insulina. La pidió por activa y por pasiva. Nadie se la suministraba. Una mañana amaneció muerto en la celda compartida.

El anciano Marcelino tenía un cáncer de garganta, creciente y feo, como todas estas manchas que estamos viendo en el techo. Cuando quisieron preguntarle, ya no abrió más la boca.

Y luego está el caso inenarrable de Jonathan Pérez, la historia demencial de un chico alicantino de 35 años que -unos días antes de salir- recibió un fuerte impacto en la cabeza y murió desnucado.

Falleció el 28 de noviembre de 2014. Llevaba casi tres meses enterrado cuando, el 16 de febrero, las autoridades peruanas pusieron el broche surrealista de aprobar su extradición para que por fin viniera a España.

-Oye, ¿podemos hablar contigo un momento? -le preguntamos a un preso español extremadamente delgado que está tirado sobre el cemento.

-Vale. Así no me drogo durante este rato.

ELMUNDO ha entrado de incógnito a la prisión de Ancón II no sólo para contar cómo mueren los presos españoles en Lima. Sino fundamentalmente para contar cómo viven.

Los entrecomillados de esta crónica están escritos tirando de memoria, con una caligrafía de urgencia. Porque, después de llevar un par de horas trabajando dentro, varios funcionarios de prisiones fueron alertados por otros reclusos extranjeros y nos instaron -amablemente- a arrancarle varias hojas al cuaderno.

En las líneas que siguen no aparecerá ningún nombre propio, ningún detalle que comprometa a los entrevistados. La última vez que esto ocurrió (en el extraordinario programa Encarcelados de La Sexta), Jesús García -alias Pollito, 22 años- acabó siendo castigado severamente y trató de quitarse la vida.

En mitad del desierto

En medio de un paisaje lunar, erigiéndose como un fortín de hormigón y coronando una loma donde un cartel te golpea como un gong ("Prohibida venta ambulatoria. Orden de disparo"), se levanta siniestra la prisión de Ancón II como un ojo de Sauron.

De los 327 españoles que hay presos en Perú, unos 200 lo están entre estos muros en condiciones infrahumanas, la inmensa mayoría por hacer de mulas de la droga huyendo de la crisis económica.

Hemos elegido entrar en el módulo 4, pabellón 3A, donde hay una treintena de nuestros ciudadanos. Para acceder es obligatorio quitarse los cordones de los zapatos y el cinturón. Dejar el pasaporte. No se puede llevar una prenda de vestir de color negro: los carceleros temen que pueda ser utilizada para una fuga nocturna.

En este desierto también es domingo, día de visita de familiares y amigos. Hay un ambiente festivo a la entrada. Lo que no obsta para que olvidemos lo que este lugar representa. Cuando entramos, todos están hablando de ello en el patio: ayer sábado, el mexicano Carlos Eduardo Pildrán se suicidó en el pabellón 2B. Rebanándose su propio cuello.

Descalzos

Los pasillos con seis celdas cada uno. Hasta ocho presos por celda, algunos sin colchón. Un patio del tamaño de un pequeño campo de fútbol sala. Una mesa de ping pong. Un aparato para hacer pesas. Una hilera de rejas. Y todo el tiempo del mundo para escarbar en uno mismo.

Una vez dentro, lo primero que llama la atención son cuatro cosas: el deambular de hombres famélicos, las miradas furtivas, las condiciones higiénicas y, por supuesto, los pies.

Nos lo cuenta un español descalzo al que le queda mucha condena sobre un charco amarillo: "En invierno dormía con las zapatillas puestas por dos razones: porque tenía frío y para que no me las robaran. Ahora ya ni tengo".

Todo se paga y todo se vende. Todo se negocia y todo se arriesga. Todo se anuda con maromas y todo pende de un hilo: alguien tira de más un día y caes, como cuando le cortan las cuerdas a un pierrot.

Si quieres un tupper para comer, lo compras. Si quieres una celda, debes aflojar. Si quieres seguir vivo, pagas. Los intereses son del 500%. Si te dejan un sol, tienes que devolver cinco. Si no lo haces... Si no lo haces, ya sabes lo que sucede.

-¿Y qué haces para aguantar?

-Rezo.

'Crack' por 30 céntimos

La escena es tan sórdida como conmovedora: un recluso mayor -o que parece mayor- reparte diminutas rocas de crack entre los presos. Al modo en que un granjero echa de comer pienso a las gallinas. De forma animal. Indiscriminadamente. Como el que siembra.

Y de hecho es lo que hace: sembrar.

"Los españoles somos presa fácil. En cuanto nos llega el dinero que nos da el consulado al mes [antes eran 120 euros y ahora son 60], te lo arrancan. Las mafias de dentro quieren que el español se enganche para chuparle la plata. Y así pasa: se enganchan. Hay chicos que acaban vendiendo su comida a cambio de más droga. Yo soy de los que lo hago al revés".

Cuando llega la paila (el rancho de comida), los presos primero se arraciman en torno a la inmensa marmita y luego hacen una ordenada hilera. En realidad la paila es un caldo donde flotan papas, zanahoria y guisantes. Con más agua que otra cosa.

El funcionario está a una distancia de no más de 10 metros al otro lado de la reja -sentado en una silla-, pero el interno puede acceder al hipermercado más variado y salvaje.

Por cinco soles (un euro y medio), te puedes hacer con un gramo de nieve. Por un sol (30 céntimos), te puedes meter una piedra de crack. Marihuana. Ketes de pasta base de cocaína. Y un buen montón de sustancias de las que tomamos nota y cuyo nombre se quedó allí dentro, anotado en unas hojas de cuadros de la marca Lyreco.

Hay una de las celdas a las que no nos está permitido entrar. La puerta está cerrada. En la puerta hay un preso de guardia.

-Ahí no podéis entrar.

En prisión hay cosas que es mejor no preguntar. Luego sabremos el porqué: un grupo de internos está cocinando droga en una olla. Sobre la mesa hay un kilo de cocaína. A diferencia de otras puertas, la de esa celda permanece llamativamente cerrada.

-No, no, no. Ahí no debéis entrar.

Sin luz ni agua caliente

En este mundo a oscuras no hay luz: el cableado de cobre ha sido arrancado de las paredes.

En este agujero frío no hay agua caliente: los internos hacen sus necesidades en cuclillas, en algunas celdas a la vista de todos.

En esta galería insalubre, no todo es sucio.

Nos gustaría dar su identidad y cintar la verdad. Escribir un puñado de líneas diciéndole a su familia que está muy bien, que no prueba droga alguna, que tiene una sonrisa destartalada de ayeres, que aún da la mano bien fuerte, que este reportaje también fuera una buena noticia. Pero dar su nombre no sería sensato.

"Dentro de lo que cabe estoy bien. Procuro estar solo y no meterme con nadie. Echo en falta la soledad. Cada vez queda menos para que salga de aquí. Los míos tienen que saber que lo vamos a celebrar comiéndonos una vaca entera. Una cosa he aprendido que antes no sabía: la mierda que es la droga y lo que provoca en la gente".

-¿Qué día es hoy, tíos? -nos interrumpe otro interno.

-Domingo.

-Ah. Gracias.

Andan descalzos. En círculo. Algunos como si estuvieran atados por lazos invisibles a un tiovivo. A veces alguien echa a correr y de repente frena. Un hombre grita.

Hay un español al que llaman el Ovni. Es inevitable preguntar mirando al contaminado cielo de Lima.

-¿Y eso?

-Cada vez que consume dice que ve platillos volantes.

El convenio

A diferencia de lo que pasa con los países anglosajones -que tratan de sacar cuanto antes a sus compatriotas que caen presos en Perú-, los reclusos españoles que dan con sus huesos aquí ven cómo se acaban pudriendo entre rejas.

Y ello fundamentalmente por varios motivos: la deficiente asistencia consular y el incumplimiento del tratado de extradición de 1987.

Este periódico contactó en persona con el embajador español en Perú, pero no obtuvo respuesta.

Aquí dentro sí.

Le preguntamos a un interno que si hace muchas pesas.

Nos responde que una vez levantó una para perseguir a otro tipo.

"Y le di dos ferrazos bien dados. Me quería acojonar. Y aquí, si te dejas acojonar, estás muerto".

La madre

Lo que no sabe el hijo -preso en Ancón II- es que hemos hablado con su madre, Encarna.

Y que esa madre nos manda fotos de Facebook y nos dice que está muy muy muy delgado.

Y que esa misma madre lleva ya gastado en su caso el triple de lo que le iban a dar a él por sacar droga del país.

"Sé que el niño toma drogas, pero qué puedo hacer. El niño me dice que no, pero yo sé que sí".

Según la ley aprobada en noviembre de 2014 -que regula el beneficio especial de salida para los presos con condenas de menos de siete años-, su hijo debería estar ya fuera de prisión.

Pero sigue dentro. Si contásemos algunos detalles sabrían de quién se trata.

-Le metieron en el hueco. ¿Sabes lo que es el hueco?

-Sí.

-El hueco es un agujero donde les meten y por el que salen ratas.

Lo que no sabe el niño es que su padre tiene un tumor enrevesado. Y que a éste le urge darle un beso. Como los de antes. Por última vez.



Escrito por

miguel

SOY UNA PERSONA CON GANAS DE QUE NUESTRO PAÍS CREZCA NO SOLO ECONÓMICAMENTE SINO EN LA EDUCACIÓN, CULTURA Y QUE SUS MENTES SEAN EN VERDAD INDEPENDIENTES SIN PREJUICIOS Y ATADURAS SOCIALES.


Publicado en

miguelgraham

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